3 de septiembre de 2011

El acontecimiento, el azar y el individuo en la historia


Cuando se ha intentado esbozar la idea general de lo que representa el trabajo del historiador, en este espacio se ha hecho mucho énfasis en la necesidad de ir más allá del relato y de la descripción lineal de los acontecimientos, para ampliar la mirada hacia la larga duración e ir a la busca de los grandes marcos estructurales que configuran la realidad humana, de las tendencias generales, de las múltiples conexiones sistémicas entre las variables y el todo, de las relaciones entre lo local y lo global. Por ello, conviene detenerse un poco para definir el papel que en todo esto juega el acontecimiento, que es, no podemos negarlo, la materia bruta de la historia, del mismo modo que lo es su protagonista y realizador primordial, el hombre. Hoy por hoy estamos muy lejos del desprecio que se llegó a sentir por esta variable, aparentemente insignificante en los tiempos en que los objetos privilegiados y casi exclusivos del estudio de la historia eran las estructuras y las grandes colectividades, pues ahora se reconoce que determinados actos, y el propio individuo común y corriente, pueden trascender su dimensión singular y alcanzar niveles de envergadura mucho más amplia. ¿Qué ejemplo más claro de esto que el gran acontecimiento con el que se inauguró históricamente el siglo XXI, los atentados del 11 de setiembre de 2001, punto de inflexión mayor en la historia presente, que no sólo desencadenó una guerra que se prolonga hasta hoy, diez años después, sino que también definió el curso de doctrinas ideológicas y de seguridad, polarizó culturalmente el planeta, engendró nuevas rivalidades, desvió enormes recursos económicos en la escala global y ha afectado el destino de cientos de millones de personas, entre muchas otras secuelas que no podemos distinguir aún con claridad?
            Y cuando hablamos de un hecho singular, estamos hasta cierto punto ante la posibilidad de lo fatal e inevitable, de todo aquello que está más allá de la capacidad humana de intervenir, principalmente en lo que concierne al papel que juega la naturaleza en el destino del hombre, evidente en los grandes ciclos climáticos y las catástrofes. Muy cerca de esto están también los que forman parte de procesos que son resultado de la acción humana, muchas veces incontrolables, que adquieren en su evolución posterior un alto grado de independencia con respecto al impulso inicial que les dio origen, entre los cuales podemos mencionar el desarrollo de la tecnología, que avanza imparable y condiciona cada vez más la vida cotidiana de quienes habitamos el planeta, al igual que el calentamiento global y la extinción de las especies. La posibilidad de que estas tendencias varíen es remota, en la medida en que para ello sería preciso cambiar la cultura, los hábitos y los intereses de la especie. Se trata, en conjunto, de variables que se desenvuelven en una dimensión que escapa al control del ser humano y de su civilización, pero que condicionan de manera muchas veces decisiva su existencia.
       Existen muchos ejemplos que podemos evocar, respecto a la impronta de este tipo de acontecimientos. Los más visibles, a la largo de la historia humana, son las alteraciones climáticas. Son por lo general eventos de alcance global, pero que afectan en forma diferente a las comunidades humanas, lo que muchas veces los hace parecer locales, como el fenómeno de El Niño, que hasta hace muy poco se consideraba un incidente limitado a la costa norte del Perú. El hecho es que desde la aparición del hombre, los cambios climáticos han favorecido o entorpecido, incluso interrumpido, la formación y el desarrollo de civilizaciones. Largos períodos de sequías, por ejemplo, no sólo alteran a las comunidades directamente afectadas, sino que pueden provocar importantes flujos migratorios que terminan por desestabilizar a sus vecinos. El caso de Roma no es ninguna excepción. Del mismo modo, las grandes catástrofes naturales también generan consecuencias insospechadas. Se sabe que la víspera de la caída de Constantinopla el cielo se ensombreció tenebrosamente, ocultando el sol y provocando un fascinante espectáculo de luminarias justo encima de la cúpula del templo de Santa Sofía. Los cristianos asediados interpretaron el evento como un mal augurio, llenándose de pesimismo, mientras que los turcos, que se preparaban para su último asalto, pensaron lo contrario y se animaron. Recientemente se ha podido documentar que la nube en cuestión estaba formada por las cenizas que arrojó un volcán en la isla de Kuwae, en Oceanía (Boucheron 2009: 9). Naturalmente, no es posible atribuir a este hecho la victoria de los turcos, pero sí llama la atención respecto a que factores del todo extraños a determinado desarrollo histórico, y totalmente ajenos a la voluntad humana, pueden ejercer sobre éstos cierto tipo de influencia.
            De esta forma, haríamos mal no tener en cuenta este tipo de variables, aunque el problema de su sobredimensionamiento es tanto o más pernicioso que el de ignorarlos. En 1746 un terremoto, seguido de un terrible maremoto, destruyó Lima y Callao. Más o menos a partir de entonces se observó un declive de la producción de trigo en esta zona, que casi terminó por desaparecer, obligando a importarlo de Chile. Durante mucho tiempo se pensó que el problema tuvo su origen en el terremoto, que habría provocado algunos cambios en los suelos, pero Alberto Flores Galindo demostró que lo que en verdad había ocurrido fue que los grandes comerciantes limeños, interesados en incrementar sus flujos comerciales, habían efectuado una serie de maniobras destinadas a quitar de en medio al trigo local, para así justificar su importación. De hecho, “tanto los autores del siglo XVIII como los historiadores contemporáneos, unos y otros, en realidad se hicieron eco de argumentos dados por los propios comerciantes para explicar las importaciones de trigo chileno” (1984: 24). No obstante, esto no quiere decir que, más allá de la destrucción física que causó, el terremoto en cuestión no haya producido efectos en otros ámbitos. Recientemente, las observaciones de Charles Walker permiten una interesante vinculación entre este evento y la problemática social de la Lima virreinal, porque una catástrofe de esta naturaleza, al propiciar una reconstrucción casi total de la ciudad y su infraestructura, también reorganiza la vida de sus habitantes. En el caso de 1746, señala este autor, los “desacuerdos entre españoles, la iglesia y la multirracial población de Lima emergieron inmediatamente; raza, clase y género jugaron sus típicos vitales roles” (Walker 2008: 12).
            Muy cerca de lo fatal e inevitable está el azar, esa caprichosa suma de causalidades que se articula de manera casi aleatoria, o al menos incomprensible desde el punto de vista racional, para provocar una consecuencia inesperada, sorpresiva, que se nos revela accidental y fortuita. En este ámbito los ejemplos son casi infinitos, y son aquellos que hacen que la gente suela preguntarse “¿qué hubiera pasado si…?”, por ejemplo, el capitán del Titanic hubiera hecho más caso a su experiencia que a las exigencias de romper el record de velocidad en el cruce del Atlántico, si no hubiera llovido la mañana de la batalla de Waterloo y Napoleón hubiera podido empezar la batalla un par de horas antes, si Hitler hubiera sido aceptado en la Academia de Bellas Artes de Viena, si Colón no hubiera convencido a Isabel la Católica y los portugueses hubieran llegado primero a América, si la Armada Invencible no hubiera sido destruida por una tormenta, si Gavrilo Princip hubiera desistido a última hora de atentar en Sarajevo contra el archiduque Francisco Fernando, etcétera, etcétera, etcétera. Pero la historia no se hace de ese modo. No se estudia lo que pudo ser, sino lo que fue. Hasta se puede estudiar con toda legitimidad “lo que no fue”, pero en sentido positivo, es decir, centrando el análisis en las situaciones reales que impidieron que ocurriera tal o cual cosa. Lo demás es pura especulación. En este sentido, podríamos decir que el azar, que nos lleva por el fascinador y laberíntico juego de las probabilidades, disfraza nuestra ignorancia. El propio Jorge Basadre, en un clásico de la historiografía peruana, sostiene que “no hay un azar absoluto” y cita a Alexis de Tocqueville, quien afirma que se trata de una “serie de causas secundarias que llamamos azar por carencia de conocimientos para interpretarlos” (Basadre 1973: 28 y 30). En el fondo, todo acto se deriva de una concatenación de causas que pueden ser superficiales o profundas, estructurales, ambientales, sociales o personales, animadas por cálculo, pasión o sentimiento; es la cúspide de una enorme pirámide de eventos y situaciones, que nunca alcanzaremos a abarcar con nuestra mirada.
            En efecto, es imposible llegar a identificar todas las causas de algo. Por ello, eso que llamamos azar estará siempre presente y alimentará nuestra incertidumbre, lo que a su vez alentará nuestra curiosidad. Saber que nunca se acabarán las preguntas y que jamás se logrará dar con todas las respuestas es la premisa fundamental de toda aventura del conocimiento. El historiador debe prestar atención a los acontecimientos, aún cuando su objetivo no se deba limitarse a registrarlos y describirlos, pues ellos son la puerta de entrada del universo infinito de causalidades y conexiones que configuran la realidad.  
El acontecimiento es a la historia lo que el síntoma para la medicina, y por esta razón no es recomendable restringir el estudio a los “grandes eventos que marcan la historia”, pues también los hechos aparentemente insignificantes, ocultos, callados, subalternos y marginales pueden llegar a ser muy reveladores. Y de algún modo, contentarse con el estudio de las grandes estructuras implica reducir el estudio, en forma expresa y voluntaria, al sistema imperante, y de este modo, renunciar a la posibilidad de ver lo que hay más allá de sus límites, ¿o acaso la realidad se confina a lo que está dentro de estas estructuras? ¿no hay nada fuera de las fronteras del sistema imperante? Es por eso que Michel Foucault trabajó intensamente en torno a la locura, los regímenes carcelarios, la represión sexual infantil, entre otros muchos temas similares, para buscar, en los márgenes del sistema, en sus orillas más lejanas y frágiles, ahí donde se hace difuso, los puntos de contradicción y ruptura que complementan e integran la realidad. Este tipo de aproximación permite ver las estructuras de dominación “desde afuera” y analizarlas históricamente, centrando la atención en los límites del espacio donde se ejerce el poder, porque, señala Foucault, no es la forma de dominación política la que nos dará las pautas de su funcionamiento, sino sus puntos de ruptura (2000: 39).
Ocurre lo mismo con el individuo, pues no se trata de estudiar al hombre únicamente a partir de grupos o clases sociales, o de prestar atención nada más que a quienes se alzan como los grandes protagonistas de la historia, personajes que a la larga, no hay que olvidar, resultan tan excepcionales como lo puede ser cualquiera de los presidiarios o locos que atrajeron la atención de Foucault. Ningún individuo sale de la nada, él mismo es una construcción histórica y obedece a las improntas de su tiempo. Entonces, sea en grupos grandes o pequeños, destacado, común o marginado, el hombre y sus actos y realizaciones, pero también sus pensamientos, motivaciones, intereses, creencias, silencios y temores, son el objeto de estudio primordial de la historia. Entre Jesús de Nazaret y el molinero medieval de Ginzburg, entre Kant y el testimonio de un campesino andino iletrado en un litigio de tierras, entre el movimientos obrero de las ocho horas y el Ipod, entre la Yidah islámica y Dalí, entre mayo de 1968 y un psicópata, existe un universo de ideas y acciones que configuran la historia, que es a la vez una y miles, que está llena de complejidad, riqueza, probabilidades infinitas y conexiones inimaginables, hacia donde debemos dirigir nuestra asombrada mirada.


Referencias:

BASADRE, Jorge.
1973            El azar en la historia y sus límites. Con un apéndice: la serie de probabilidades de la emancipación peruana. Lima: P.L. Villanueva.

BOUCHERON, Patrick (dir).
2009               Histoire du monde au XV siècle. París: Fayard.

FLORES GALINDO, Alberto.
1984               Aristocracia y plebe. Lima, 1760-1830. Lima: Mosca Azul.

FOUCAULT, Michel.
2000               Defender la sociedad. México: Fondo de Cultura Económica.

WALKER, Charles.
2008               Shaky Colonialism. The 1746 earthquake-tsunami in Lima, Peru, and its long aftermath. Duke: Duke University Press.



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