5 de mayo de 2012

Una paz terrible. Mayo, 1945.


Muchas veces la magnitud de un evento es tal que opaca el curso de los acontecimientos que se desarrollan a su alrededor, aún si estos, en circunstancias normales, pudieran haber sido considerados como extraordinarios. Algo así como la cegadora luz de un proyector, que oculta todo lo que se encuentra fuera de su poderoso haz. Es el caso de la rendición de Alemania el 7 de mayo de 1945, que puso fin formal a la más importante, destructiva y cruel guerra en la historia del continente europeo, causante de decenas de millones de muertos, la mayor parte de ellos población no combatiente, y muchos aún, sistemáticamente exterminados. En las capitales y las principales ciudades de los países vencedores, como Moscú, Nueva York, Londres o París la gente salió a las calles, se realizaron festejos y desfiles, se pronunciaron discursos y se homenajeó a los caídos. Pero la euforia intoxicó a la historia al dar por cerrado el capítulo. La ominosa presencia de la guerra se sintió durante años. No sólo en muchas zonas desesperados combates prosiguieron durante meses, sino que también se reavivaron conflictos locales, aparecieron tensiones ideológicas y se llevaron a cabo persecuciones políticas y venganzas, y por si esto fuera poco, el continente, totalmente arrasado, no estaba en condiciones de administrar la paz, debiendo iniciarse un doloroso y lento camino de regreso a la normalidad. Estas tortuosas secuelas, cuyas sombras fantasmagóricas vislumbramos detrás del brillo de la victoria aliada, sobrevivieron, qué duda cabe, al menos hasta la caída del muro de Berlín más de cuarenta años después.
            De hecho, nuevos y espectaculares eventos siguieron opacando las reales dimensiones de la tragedia europea de la posguerra, pues la configuración estratégica de seguridad que emergió de la derrota del nazismo devino rápidamente en el enfrentamiento de la Guerra Fría y la amenaza de una confrontación nuclear. Y es muy posible que si no fuera por el riesgo de una expansión del comunismo en Europa occidental jamás se hubiera pensado en el Plan Marshall.
            “Disfruta la guerra, que la paz será terrible” se solía decir en Alemania en los últimos años de la guerra, quizás teniendo como referencia la crisis económica y política que siguió al armisticio de 1918. Pero es probable que nadie imaginara lo que iría a ocurrir, empezando con lo más obvio: el cese del fuego. En efecto, así como en los barrios de Berlín algunos grupos de fanáticos decidieron pelear hasta la muerte desconociendo la rendición de la ciudad, otros se atrincheraron en los bosques y las montañas de Alemania decididos a continuar la lucha como guerrilleros, inspirados por relatos míticos, o se hicieron terroristas y francotiradores. De hecho, nadie puede precisar a ciencia cierta cuándo fue que las armas nazis dejaron de disparar. Pero el problema del cese del fuego no involucró sólo a los alemanes más fanáticos, sino a todo el continente: el Ejército Rojo persiguió por meses y hasta aniquilar por completo a los escasos sobrevivientes del Ejército Nacionalista Polaco que en 1944 se había levantado en Varsovia; en Yugoslavia, literalmente alzada en armas contra los alemanes, las distintas facciones étnicas empezaron a luchar entre sí, las mismas que terminarían enfrentándose a fines del siglo; Italia era también un vasto campo de luchas entre guerrilleros; y en todos los territorios de la Unión Soviética que fueron ocupados por los alemanes se impuso la venganza y el terror.
            Pero esto no es lo único obvio. Cualquiera que conozca algo de la Segunda Guerra Mundial sabe que este conflicto no fue únicamente un enfrentamiento militar. También fue una confrontación étnica e ideológica que implicó el genocidio más brutal del que se tiene registro fiel, principalmente contra el pueblo judío, pero también contra los polacos, eslavos, gitanos y cualquiera que no calzara adecuadamente con los paradigmas de las delirantes ideas de superioridad racial de los nazis o que simplemente no las compartiera. Sumados todos, se calcula que las víctimas podrían pasar de los diez millones de personas. Pero ¿alguien sabe cuántos prisioneros, aterrorizados, hambrientos y enfermos, destruidos moral y físicamente, sin casa ni familia, sobrevivieron? Naturalmente, los ejércitos aliados, a medida que iban derrotando a los alemanes, fueron previendo qué hacer con el gran número de soldados que se rendían ante ellos, medidas que demostraron ser insuficientes al punto que muchos murieron de hambre, pero ¿quién podía estar en capacidad de imaginar que tendrían que hacerse cargo de millones de personas secuestradas en los campos de concentración, la mayor parte de los cuales lo habían perdido todo? No sólo había que alimentarlos, curarlos y vestirlos, sino, intentar devolverles su dignidad. En muchos casos, los prisioneros de los campos vagaron sin rumbo, pero la gran mayoría simplemente se quedaron en sus mismas tenebrosas barracas esperando que sus liberadores se organizaran e hicieran algo.
            Caso aparte el de quienes fueron liberados por el Ejército Rojo, incluidos sus propios soldados, que contados por millones habían caído prisioneros de los alemanes. Las prioridades de la Unión Soviética no eran ocuparse de asuntos humanitarios, sino de posicionarse como una superpotencia y jaquear a las potencias occidentales, y desterrar de los amplios territorios bajo su influencia cualquier signo de disidencia para consolidar la hegemonía del comunismo. Los sobrevivientes de los campos fueron en su gran mayoría retenidos a medida que los investigaban uno a uno, mientras que la inmensa mayoría de los prisioneros de guerra fueron considerados como traidores y enviados a los campos del Gulag, donde perecieron trabajando. Paradójicamente, los soldados alemanes capturados por los rusos que sobrevivieron a las duras condiciones de su encierro eventualmente regresaron a su país en la década de los cincuenta, mientras que gran parte de los soldados del Ejército Rojo “liberados” por sus compatriotas terminaron sus días en prisión.
            Hasta aquí con lo más obvio, es decir, el cese del fuego y el destino de los prisioneros. No obstante, la Segunda Guerra Mundial es un conflicto en el que las víctimas civiles superan a las de los militares. No se trata de daños “colaterales”, pues la violencia se dirigió de manera premeditada contra ellos al considerarse de necesidad estratégica aterrorizar a las poblaciones y destruir sus ciudades y toda infraestructura institucional y económica. En el frente oriental, para impedir que los alemanes tuvieran protección y alimentos en su avance hacia Moscú, los rusos destruyeron hasta las más pequeñas aldeas, algo que imitaron con brutal eficacia los ejércitos nazis cuando les tocó el turno de retroceder. Resulta inimaginable la suerte de los habitantes de Ucrania y Bielorrusia, atrapados en medio de los combates más atroces de la guerra, sometidos al terror, sistemáticamente expoliados por unos y otros, incluso exterminados, que al ser liberados de la ocupación nazi se quedaron de pie, al lado de sus muertos, contemplando las ruinas de sus hogares y campos, a la espera de ser investigados por las autoridades y eventualmente deportados. ¿Hay forma de calcular la dimensión de esta situación con las herramientas metodológicas con las que medimos las crisis económicas actuales?, ¿cuáles serían la variación del PBI, las tasas de desempleo y de inflación, el valor referencial de la moneda?
            Muchos murieron de hambre, y no sólo en Rusia. El caso de Polonia fue similar, y lo mismo en Alemania. En gran parte del continente la gente regresó a un primitivismo salvaje, de supervivencia, viviendo en medio de las ruinas, sin luz ni agua, sin abastecimiento de alimentos, sin servicios de salud y menos de educación. De hecho, como se indicó arriba, intentar medir todo esto usando los criterios actuales carece de sentido. Toda la infraestructura económica, política e institucional, la producción agraria e industrial, las redes de comunicación, los mecanismos de previsión social y abastecimiento, todo, había colapsado. Incluso Inglaterra, donde no fue necesario racionar los alimentos durante la guerra, se vio en la obligación de hacerlo después.
            En cualquier otra circunstancia, las crisis humanitarias, sociales y económicas que sobrevinieron en Europa con el fin de la Segunda Guerra Mundial hubieran llenado escaparates enteros de libros. No es así. Un claro ejemplo de cómo la Historia, a veces, se deja cegar por el excesivo brillo de algún acontecimiento particular.