Muchas
veces la magnitud de un evento es tal que opaca el curso de los acontecimientos
que se desarrollan a su alrededor, aún si estos, en circunstancias normales,
pudieran haber sido considerados como extraordinarios. Algo así como la
cegadora luz de un proyector, que oculta todo lo que se encuentra fuera de su
poderoso haz. Es el caso de la rendición de Alemania el 7 de mayo de 1945, que
puso fin formal a la más importante, destructiva y cruel guerra en la historia
del continente europeo, causante de decenas de millones de muertos, la mayor
parte de ellos población no combatiente, y muchos aún, sistemáticamente
exterminados. En las capitales y las principales ciudades de los países
vencedores, como Moscú, Nueva York, Londres o París la gente salió a las
calles, se realizaron festejos y desfiles, se pronunciaron discursos y se
homenajeó a los caídos. Pero la euforia intoxicó a la historia al dar por
cerrado el capítulo. La ominosa presencia de la guerra se sintió durante años.
No sólo en muchas zonas desesperados combates prosiguieron durante meses, sino
que también se reavivaron conflictos locales, aparecieron tensiones ideológicas
y se llevaron a cabo persecuciones políticas y venganzas, y por si esto fuera
poco, el continente, totalmente arrasado, no estaba en condiciones de
administrar la paz, debiendo iniciarse un doloroso y lento camino de regreso a
la normalidad. Estas tortuosas secuelas, cuyas sombras fantasmagóricas vislumbramos
detrás del brillo de la victoria aliada, sobrevivieron, qué duda cabe, al menos
hasta la caída del muro de Berlín más de cuarenta años después.
De hecho, nuevos y espectaculares
eventos siguieron opacando las reales dimensiones de la tragedia europea de la
posguerra, pues la configuración estratégica de seguridad que emergió de la
derrota del nazismo devino rápidamente en el enfrentamiento de la Guerra Fría y
la amenaza de una confrontación nuclear. Y es muy posible que si no fuera por
el riesgo de una expansión del comunismo en Europa occidental jamás se hubiera
pensado en el Plan Marshall.
“Disfruta la guerra, que la paz será
terrible” se solía decir en Alemania en los últimos años de la guerra, quizás
teniendo como referencia la crisis económica y política que siguió al
armisticio de 1918. Pero es probable que nadie imaginara lo que iría a ocurrir,
empezando con lo más obvio: el cese del fuego. En efecto, así como en los
barrios de Berlín algunos grupos de fanáticos decidieron pelear hasta la muerte
desconociendo la rendición de la ciudad, otros se atrincheraron en los bosques
y las montañas de Alemania decididos a continuar la lucha como guerrilleros,
inspirados por relatos míticos, o se hicieron terroristas y francotiradores. De
hecho, nadie puede precisar a ciencia cierta cuándo fue que las armas nazis
dejaron de disparar. Pero el problema del cese del fuego no involucró sólo a
los alemanes más fanáticos, sino a todo el continente: el Ejército Rojo
persiguió por meses y hasta aniquilar por completo a los escasos sobrevivientes
del Ejército Nacionalista Polaco que en 1944 se había levantado en Varsovia; en
Yugoslavia, literalmente alzada en armas contra los alemanes, las distintas
facciones étnicas empezaron a luchar entre sí, las mismas que terminarían
enfrentándose a fines del siglo; Italia era también un vasto campo de luchas
entre guerrilleros; y en todos los territorios de la Unión Soviética que fueron
ocupados por los alemanes se impuso la venganza y el terror.
Pero esto no es lo único obvio.
Cualquiera que conozca algo de la Segunda Guerra Mundial sabe que este
conflicto no fue únicamente un enfrentamiento militar. También fue una
confrontación étnica e ideológica que implicó el genocidio más brutal del que
se tiene registro fiel, principalmente contra el pueblo judío, pero también
contra los polacos, eslavos, gitanos y cualquiera que no calzara adecuadamente
con los paradigmas de las delirantes ideas de superioridad racial de los nazis
o que simplemente no las compartiera. Sumados todos, se calcula que las
víctimas podrían pasar de los diez millones de personas. Pero ¿alguien sabe
cuántos prisioneros, aterrorizados, hambrientos y enfermos, destruidos moral y
físicamente, sin casa ni familia, sobrevivieron? Naturalmente, los ejércitos
aliados, a medida que iban derrotando a los alemanes, fueron previendo qué
hacer con el gran número de soldados que se rendían ante ellos, medidas que
demostraron ser insuficientes al punto que muchos murieron de hambre, pero
¿quién podía estar en capacidad de imaginar que tendrían que hacerse cargo de
millones de personas secuestradas en los campos de concentración, la mayor
parte de los cuales lo habían perdido todo? No sólo había que alimentarlos,
curarlos y vestirlos, sino, intentar devolverles su dignidad. En muchos casos,
los prisioneros de los campos vagaron sin rumbo, pero la gran mayoría
simplemente se quedaron en sus mismas tenebrosas barracas esperando que sus
liberadores se organizaran e hicieran algo.
Caso aparte el de quienes fueron
liberados por el Ejército Rojo, incluidos sus propios soldados, que contados
por millones habían caído prisioneros de los alemanes. Las prioridades de la
Unión Soviética no eran ocuparse de asuntos humanitarios, sino de posicionarse
como una superpotencia y jaquear a las potencias occidentales, y desterrar de
los amplios territorios bajo su influencia cualquier signo de disidencia para
consolidar la hegemonía del comunismo. Los sobrevivientes de los campos fueron
en su gran mayoría retenidos a medida que los investigaban uno a uno, mientras
que la inmensa mayoría de los prisioneros de guerra fueron considerados como
traidores y enviados a los campos del Gulag, donde perecieron trabajando. Paradójicamente,
los soldados alemanes capturados por los rusos que sobrevivieron a las duras
condiciones de su encierro eventualmente regresaron a su país en la década de
los cincuenta, mientras que gran parte de los soldados del Ejército Rojo
“liberados” por sus compatriotas terminaron sus días en prisión.
Hasta aquí con lo más obvio, es
decir, el cese del fuego y el destino de los prisioneros. No obstante, la
Segunda Guerra Mundial es un conflicto en el que las víctimas civiles superan a
las de los militares. No se trata de daños “colaterales”, pues la violencia se
dirigió de manera premeditada contra ellos al considerarse de necesidad
estratégica aterrorizar a las poblaciones y destruir sus ciudades y toda
infraestructura institucional y económica. En el frente oriental, para impedir
que los alemanes tuvieran protección y alimentos en su avance hacia Moscú, los
rusos destruyeron hasta las más pequeñas aldeas, algo que imitaron con brutal
eficacia los ejércitos nazis cuando les tocó el turno de retroceder. Resulta
inimaginable la suerte de los habitantes de Ucrania y Bielorrusia, atrapados en
medio de los combates más atroces de la guerra, sometidos al terror,
sistemáticamente expoliados por unos y otros, incluso exterminados, que al ser
liberados de la ocupación nazi se quedaron de pie, al lado de sus muertos,
contemplando las ruinas de sus hogares y campos, a la espera de ser
investigados por las autoridades y eventualmente deportados. ¿Hay forma de
calcular la dimensión de esta situación con las herramientas metodológicas con
las que medimos las crisis económicas actuales?, ¿cuáles serían la variación
del PBI, las tasas de desempleo y de inflación, el valor referencial de la
moneda?
Muchos murieron de hambre, y no sólo
en Rusia. El caso de Polonia fue similar, y lo mismo en Alemania. En gran parte
del continente la gente regresó a un primitivismo salvaje, de supervivencia,
viviendo en medio de las ruinas, sin luz ni agua, sin abastecimiento de
alimentos, sin servicios de salud y menos de educación. De hecho, como se
indicó arriba, intentar medir todo esto usando los criterios actuales carece de
sentido. Toda la infraestructura económica, política e institucional, la producción agraria e industrial, las redes de comunicación, los mecanismos de previsión social y abastecimiento, todo, había colapsado. Incluso Inglaterra, donde no fue necesario
racionar los alimentos durante la guerra, se vio en la obligación de hacerlo
después.
En cualquier otra circunstancia, las
crisis humanitarias, sociales y económicas que sobrevinieron en Europa con el
fin de la Segunda Guerra Mundial hubieran llenado escaparates enteros de libros.
No es así. Un claro ejemplo de cómo la Historia, a veces, se deja cegar por el
excesivo brillo de algún acontecimiento particular.